miércoles, 12 de marzo de 2014

Don Luis.

Fue uno más de los regalos de los zapatistas. Es un recuento imposible que les debemos: las personas y organizaciones que nos conocimos gracias a ellos aprendemos unos de otros y nos articulamos.

Lo conocí por primera vez en La Realidad. Literalmente. Quizás era la mejor forma de conocernos, chapoteando en el lodo, pasando frío por las noches, compartiendo vivencias de la realidad.

Sabía de él, desde luego. ¿Quién, que anduviera en esos trotes, no había leído Los grandes momentos del indigenismo en México? ¿Quién no se había preguntado, con él, cuál es el ser del indio que se manifiesta en la conciencia mexicana? Publicado en 1949, el libro fue una revelación. Cuando, 30 años después, Luis accedió a regañadientes a la redición, por la insistencia de Guillermo Bonfil, sabía que intentar corregirlo lo llevaría a escribirlo de nuevo; se conformó con advertir al lector de los errores que encontraría en él.

El libro sigue llamándonos: "Lo indio como principio oculto de mi yo que recupero en la pasión". Nos sentimos atraídos y atemorizados por el mundo indio, escribe Luis, “porque presentimos que… alberga una realidad oculta y misteriosa que no podemos alcanzar y cuya presencia nos fascina”, porque en él "permanece un sentido personal, desconocido y no realizado en la superficie que muestra ante nosotros: su capacidad de trascendencia".

Lo había intuido todo, hace 60 años. Ese mundo se reveló de pronto, espectacularmente, en 1994. Sin perder su misterio, se hizo evidente. Había llegado la hora. Y ahí estábamos, Luis y yo y muchos miles, millones de personas, deslumbrados, dejándonos acariciar por esa luz que nos revelaba quiénes éramos y nos inspiraba el camino.

No puedo separar en el recuerdo de Luis, desde aquellos primeros momentos, la persona y la risa. Había siempre, hasta en los momentos de mayor seriedad, algún síntoma de su prodigiosa vitalidad. A cada paso se sonreía con los ojos y estaba ahí, agazapada, la carcajada incontenible, en que se reía ante todo de sí mismo, pero también del mundo y con el mundo, a la menor provocación.

Nunca abandonó el proyecto de los años cuarenta, cuando el grupo filosófico Hyperión intentaba comprendernos con conceptos filosóficos propios. Arrastró casi toda su vida esa tensión entre el peso casi abrumador de lo universal, que marcaba todo su entrenamiento filosófico, y el empeño de un pensar propio, marcado por la diferencia y la autonomía.

Por esa tensión, por ese empeño, parecía mejor preparado que casi todos para sentipensar el zapatismo, para ubicarlo en un horizonte amplio, filosófico e histórico, y al mismo tiempo captar su originalidad.

Nos hicimos amigos muy pronto. Me sorprendía su infinita paciencia al lidiar con mi atrevimiento de discutir con él, de provocarlo, de hacer que filosofara conmigo, de cuestionar incluso algunas de sus más profundas convicciones. No le importaba que careciera yo de las herramientas técnicas de su oficio.

Los zapatistas multiplicaron las oportunidades de compartencia. Luis fue uno de los tres asesores que recibimos la encomienda de negociar con el coordinador de la delegación gubernamental en el momento último de la negociación en San Andrés. Todas las mesas estaban detenidas: no pasaría nada hasta que se resolvieran puntos esenciales en la nuestra. Luis estaba ahí, como una roca. Los otros dos asesores nos sentíamos cobijados por su presencia. Sus intervenciones puntuales y esclarecedoras fueron decisivas.

Aún se acuerdan de él en San José del Progreso, cuando nos acompañó en una de las primeras luchas de la nueva ola de defensa del territorio que surgió en Oaxaca. Con él y para él, al lado de Fernanda Navarro, su infaltable y lúcida compañera, fundamos un Centro de Estudios Interculturales en la Universidad de la Tierra en Oaxaca, que hizo nacer pegadito a la realidad. Repetíamos la aventura en que Luis nos hizo repensar la idea de nación en la Sociedad Mexicana de Planificación…

Se me hizo cuesta arriba ir a visitarlo en los últimos años. No perdía su prodigioso apetito, una expresión más de su ímpetu vital. De vez en cuando retornaba la carcajada. Se irritaba con sus limitaciones físicas y aún más con las malas pasadas que le jugaba su cerebro lastimado. Pero no lograba escapar de la tristeza, de una especie de depresión que mis historias no aliviaban. Le dolía el país. Profundamente. Sentía en carne propia cómo caía a pedazos. Veía el horror que padecemos con su mirada penetrante. Lo sufría personalmente.

Dijo Marx: los filósofos se han ocupado de interpretar el mundo cuando de lo que se trata es de transformarlo. Algunos, como Luis, escucharon tempranamente ese llamado y pusieron todas sus capacidades filosóficas al servicio de la transformación.

Gustavo Esteva.

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